20 AÑOS DE APIV

Date: 18 July, 2017 Categories: Article Comments: No Comments Share:

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Llegué a Valencia hace ahora 19 años. El tedio acumulado en mi ciudad de origen, Alicante, me empujó a tomar un nuevo rumbo y supongo que por pereza, o por ese insano apego al olor a podredumbre que destilan las ciudades gobernadas desde las alcantarillas, no me fuí muy lejos y terminé recalando aquí. Vine a estudiar, pero me deprimí, porque agachar el lomo para memorizar las medias verdades de otros siempre me ha resultado aburrido. Así que la primera página que abrí en esta ciudad fue la del trabajo precario, eso que más tarde alguien llamó el nuevo servicio militar de mi generación. ¿Para qué enseñarnos a empuñar un arma contra un enemigo imaginario cuando podemos servir a sus intereses de clase amontonándonos como a ganado en la trinchera de la precariedad?

A medida que pasaban los años, mi vida laboral-castrense me proporcionaba nuevas y trepidantes aventuras, infrasalarios nunca vistos cerca de la puerta de Tannhäuser o muelles de carga y descarga más allá de Orión. Momentos que, en contra de lo que afirmaba el replicante Roy Batty en la ya mítica escena final de Blade Runner, no se perdían “como lágrimas en la lluvia” sino que se filtraban en mi memoria inaugurando un para mí inédito temblor existencial. Roy Batty, de nuevo: “¿Es toda una experiencia vivir con miedo verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”. Así era aquel miedo al futuro que mientras servía mesas con sonrisa impostada me iba calando por dentro. ¿Mi único refugio? Sin duda un lápiz y un papel. Y las palabras de un John Berger ya septuagenario retumbando sin yo todavía saberlo en mi cabeza: “Dibujar es descubrir. Y no se trata de una frase bonita; es literalmente cierto”.

Descubrir que te están meando y te dicen que llueve, descubrir que el odio que sientes es una herramienta legítima para construir tu identidad, descubrir que tus errores son la antesala de tus futuros aciertos, descubrir, en resumen, esa dulce sensación de trazar una línea de grafito sobre un folio en blanco y que progresivamente algunas preguntas cobren sentido. No hablo de ese sentido abstracto donde tu mente recorre inocente la geografía imaginada de otros universos posibles, sino del que te resitua en esa realidad de mierda que nunca elegiste y la sustituye por la certidumbre de poder cambiarla. Hasta el descubrimiento más revelador e inspirador de todos: ese momento en que tomas conciencia de que no estás solo frente al folio en blanco. Ni frente a los problemas. Ni frente a las posibles soluciones.

Y así, todavía inconsciente de aquello, fue como entré por primera vez por la puerta de APIV. En soledad. Y así, ya consciente, fue como salí por la puerta de APIV aquel mismo día. Acompañado. Y os puedo asegurar que, recurriendo al John Berger de hace unas líneas, no se trata de una frase bonita; es literalmente cierto.

Recuerdo que la antigua sede de APIV (en la calle del Pes de la Farina) era un sitio pequeño, pero entraba el sol, y ya sabéis que cuando el sol entra por la ventana los espacios tienden a dilatarse en nuestra imaginación. Detrás de una mesa, o delante, disculpad mi desmemoria, estaban los ilustradores Carlos Ortín y Nacho Casanova. Tenían ese gesto de los que, aunque vestidos por fuera, van en pijama por dentro, dado que a fuerza de habitarlo han convertido el lugar donde se encuentran en su hogar, y no pueden, o no quieren, evitar abandonarse a la comodidad. Me pidieron que me sentara entre dos rayos de sol que pasaban por allí y les contara mi problema. El problema no importa, el típico impago del típico cliente lobo que sale al paso de esas Caperucitas que somos cuando todavía recorremos el sendero hacia la profesionalidad. No importa, os decía. Lo realmente importante es que aquellos dos desconocidos, convirtieron mi problema individual en su problema colectivo con una naturalidad que consiguió apijamarme por dentro a mí también.

Una vez instalado en mi nuevo hogar, fui descubriendo poco a poco lo que atesoraban las personas que daban sentido a aquellas paredes. Profesionales ya consolidados que, lejos de considerarte un rival, te sacudían de los hombros el polvo acumulado de la frustración, la tentación de rendirte o esa mentalidad del oficio como un hobby que justifica el trabajar gratis. No desglosaré aquí todas las aspiraciones personales y profesionales que cumplí gracias al esfuerzo colectivo de mis compañeras y compañeros de APIV, porque no fueron pocas y tampoco es plan de aburriros con batallitas.

En momentos como el actual, donde el discurso individualista del neoliberalismo lo impregna todo y la “cultura del emprendimiento” es el nuevo traje del emperador con el que visten a la explotación laboral (esa mal llamada precariedad), reivindicar lo colectivo como muro de contención nunca fue tan necesario. Han pasado 20 años y sigo sintiéndome orgulloso de pertenecer a esa asociación a la que cariñosamente me gusta llamar sindicato. Han pasado 20 años desde que APIV abriera sus puertas y por ellas siguen entrando personas que se siente solas y que salen acompañadas. Tenemos mucho que celebrar.

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